Un poco me parezco a mi madre. Indiscriminadamente dadora, pasional y exuberante con los odios. Intensa, celosa, incisiva, terrible.

Un día alguien la ofendió llamándola parásito, y yo entendía que era un agravio solo porque mi mamá lloraba de la rabia cada vez que se lo decía esa persona. Mi madre ha sido siempre un parásito emocional. Se construyó su propia cárcel desde antes que yo me convirtiera en su primogénita. Pero no solo es una prisionera, también, a la par, es carcelera, y esa es su vocación más definitoria.

Otro día, la calificaron de culturicida. Quizá fue la primera vez en la vida que escuché este adjetivo. Me pareció un adjetivo muy sustancioso, muy colorido y muy real. Mi madre ha sido siempre una culturicida, pero también intransigente, adivinadora, vengativa, sanadora. En ella habita la inquina y la bondad a borbotones.

Un poco me le parezco a mi madre. Ella solo se emborracha con aguardiente, y al final de la noche, cuando no le cabe una copa más de licor, comienza a abrazar sus recuerdos; se le suelta la lengua y empieza a aflorar de ella, como torrentes de manantial, sus secretos más profundos de madre, esposa y amante. No hay quien la detenga. Precipitarse sin medir las consecuencias, es tanto lo de ella como lo mío.

Mi madre es irreflexiva, lenguaraz, rabiosa, impúdica. Ella es tan afanosa como yo, tan delirante, tan olvidadiza, tan incapaz de acostumbrarse a la quietud. Ella siempre es la reina de la fiesta. Se ha disfrazado de cada cosa que se le ha ocurrido. Sin embargo, no puede disfrazar ninguna emoción, ningún enojo, ninguna opinión, ninguna decepción. Mi madre es una fuente inagotable de lágrimas, de risas y de preocupaciones.

Ella se sostiene en unas rodillas infranqueables. Hace muchos años casi pierde una pierna. Como yo, es una mujer torpe que cae al piso con facilidad y por deporte. Cuando le tocó andar en muletas, odiaba la vida. Entonces nos lanzaba las muletas con fiereza para recordarnos que éramos unos hijos ineptos.

¿Qué pasaría si alguna vez nos hubiesen dado la capacidad de elegir a nuestros padres? ¿O ellos a nosotros? , ¿Por qué mi madre no fue prostituta, campesina, pintora? ,¿Filósofa, matemática, maestra?,¿Por qué mi madre no fue museóloga, actriz o guerrillera?, ¿Por qué mi madre no fue inventora, médica o costurera?

En cambio ella es mitad abogada, mitad sicóloga. Se pone al frente de los pleitos de quien lo necesite, y de quien no también. Se compromete a fondo con la resolución de esas batallas. Y también diagnostica enfermedades mentales a la mitad de la gente que conoce, incluyéndome.

Ella y yo somos tan caprichosas, inestables y punzantes. Parecemos estar en calma cuando en realidad nos ocupan tristezas y preguntas infinitas, somos laberintos sin salida, y somos bondadosas, amistosas, angustiosamente habladoras. No nos gusta el silencio, a ella porque le recuerda la muerte, a mí porque me desconcentra de todo. Ocupamos el silencio con música, bailando, riéndonos, comentando la vida de otros. Contando historias, fabulando.

Yo me ocupo de la prensa y los libros; ella siempre se encarga de todo lo importante, de lo trascendental, de lo que se necesita resolver por el bien de todos.

Yo soy la que escribo. Ella es la que escucha, la que todo lo sabe, la que todo me lo hace comprender. La que me enseña, la que me cuida, la que me atormenta. La razón esencial por la que le tengo pavor a la maternidad y me he negado para siempre a ella.

La mujer que siempre está para mí, la que me cobija, la que me rescata siempre, la que me escudaría contra todo lo malo que pueda pasarme. La que me ha empujado a sucumbir a ciertos miedos. La que tantas veces me alumbra y me defiende. Mi dulce madre y mi carcelera. A ella, un poco me le parezco.

Mi madre acostumbra rarezas. Por ejemplo, cuando pone en riesgo su vida y su seguridad para no tener que presenciar tragedias ajenas. Ella es indiscriminadamente dadora, ya lo dije mi querido Rey. Lo es tanto, que nos compromete a todos con ese vicio, con eso que a ella le da buena parte de su identidad.

Cuando yo era una niña, mi mamá adoptó temporalmente a un bebé cuya madre lo usaba para mendigar en la calle. Salvador, como lo llamó, tenía las plantas de sus piecitos roídas por las ratas. Era un bebé desnutrido, malquerido y usado por su propia progenitora. Mi mamá se entregó a su cuidado, lo bañaba y lo alimentaba con fervor admirable. Salvador conoció el amor de una madre acuciosa, tierna, inmejorable.

El día que mi madre entregó a Salvador para entrar en un proceso de adopción formal, se derrumbó un poco su mundo. Porque otra vocación innegable de mi mamá es la maternidad. Ella nació para eso, para maternar a cada persona, cercana o lejana. Niño, joven, adulto o anciano. A ella se le acabaría la vida si no está en función de ser madre.

En eso, en cambio, no me le parezco.

Pero también, si estuviera a su alcance, tendría un ejército a su disposición para hacer su propia limpieza social. Ella podría comandar el ejército más terrible de todos los tiempos.

Mi madre tiene unos ojos deslumbrantes. Cuando la ilumina la luz natural, sus ojos se ponen un poco grises, un poco anaranjados. Cuando está feliz o emocionada sus ojos son tan amarillos que parece que el mismo sol se asomara por su cara. Sus ojos son de color esmeralda cuando se maquilla y sale a bailar con mi papá el último sábado de cada mes.

A ella le gusta el labial siempre rojo, zapatos altos, el cabello rizado y encendido. Tiene la energía suficiente para bailar toda la noche, para tomarse todo el aguardiente del mundo y querer más. Es la mujer con más arrojo que conozco, la más intensa, la más amorosa, la más inverosímil. La verdadera ama de llaves. la señora de la casa. La loca de la casa, como nombró la escritora Rosa Montero a su intrincada fantasía. 

Yo la llamo amasita, otras veces angelita, y también le digo La señora. Mi papá hace muchos años la bautizó Jodelina. Y así básicamente, la llama toda la familia.

A ella, a mi madre, me le parezco un poco querido Rey Mío.

Con todo mi amor, en otra noche difícil,

Catalina.

 

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