En Belén, sobreviven al paso de los años y de las nuevas ofertas de esparcimiento, algunos bares que son parte del patrimonio cultural y social de la comuna 16 belén.
Cuando decidí conocer el bar Peñaranda era un día con un sol desparramado, apuntando a todos lados en un cielo blanco. El calor del final del día acosaba a los transeúntes para llegar a sus destinos. En la calle, los carros y los buses aturdían como de costumbre con su sonsoneo en plena hora pico. En cambio, arriba revoleteando y con el sol apagándose en sus lomos, las palomas buscaban su propio refugio casi en silencio.
No hay manera de ignorar el Peñaranda para aquellos transeúntes que tienen afecto especial por los lugares que transportan a una época pasada. A mí particularmente, estos espacios me invitan a hacer una pausa, a preguntar, a disfrutar, a refugiarme en ellos con absoluta fascinación.
Empotrado en una pequeña isla urbana, el bar seduce por su aspecto: una vieja casa esquinada que comparte cuadra con el taller del Maestro Pedro Murillo y la casona de la señora… los tres conforman finalmente una extrañísima y única cuadra triangulada, en el cruce de la carrera 78 con la calle 31, a un costado de la institución de educación primaria Rosalía Suárez.

El Parque de Belén es su vecino más reconocido desde hace más de medio siglo cuando abrió sus puertas en la comuna 16.
El aviso que lo identifica luce incorruptible, limpio, artesanal. Sin respaldo publicitario de alguna marca de gaseosa o cerveza, diseñado a pulso por el mismo propietario o por algún artista amigo de la causa. Un aviso donde llama la atención el dibujo de la botella de aguardiente más famoso de Colombia.
El tiempo le fue robando espacio. Antes, hace muchos años, el Peñaranda también tenía mesas de billar. Hoy, luego de varias fragmentaciones, el bar ocupa, a lo sumo, 18 metros cuadrados. La baldosa en vino tinto y mostaza, dan fe de un pasado que se resiste a desaparecer.
En el café, caben con precisión 5 mesas, y no más de 15 sillas tapizados en cuero sintético negro, de esas pesadas que a nadie le gusta mover, ni escuchar caer. En ese pequeñísimo espacio donde se sientan los peñarandistas, fácilmente se acomoda un juego de sala- comedor, y no cabe nada más.
La decoración brilla descolorida, pero rima con el paisaje a través de dos cuadros de mediano tamaño, uno ilustrado con vieja publicad de Coca cola y el segundo que al español traduce “vinos del mundo”. Al fondo los baños: dos orinales y un servicio sanitario para las mujeres.
El Peñaranda se resiste a la transformación avasalladora de la hiperurbanización, en una de las pocas zonas que aún conserva parte de la arquitectura colonial de Belén, pero también, donde las grandes constructoras imponen su mirada modernizadora, con apetito voraz, queriendo echar al piso todo a su paso, incluyendo los espacios naturales que necesitamos para desarrollarnos como seres humanos.
Cualquier conversación que se desarrolle en una mesa, puede perfectamente convertirse en un encuentro donde todos los demás aterrizan y participan cómodamente, sin sentimiento de intromisión. Las personas que se refugian el Peñaranda son viejos conocidos: Vecinos, exvecinos, amigos, colegas, contertulios de toda la vida, los que algún día fueron compañeros de colegio o de parranda; allí, todos ellos se encuentran y se reencuentran…
La rutina del Café Peñaranda solo se ve interrumpida cuando una parejita busca clandestinidad un viernes a las siete de la noche y pide media de aguardiente, o dos rones dobles. También cuando amenaza lluvia, y los transeúntes distraídos o afanados, que antes no alzaban la mirada, de pronto pillan la puertita del Peñaranda abierta de par en par. Entonces entran y piden café, aromática, o permiso para entrar al baño.
En la barra conocí a María Helena y a don Jaime, dos clientes asiduos del bar que se coqueteaban a punta de chistes y ofreciéndose a pagar la cerveza del otro. María Helena toma aguardiente siempre, y casi todos los días en el Peñaranda, pero puede tomar cualquier otra cosa según el ánimo y la compañía. Dueña de tierras en otros municipios y jubilada, pasa sus días conversando en este y otros bares, pero sobre todo en el Peñaranda. No le gustan las entrevistas ni las preguntas, pero con los días y en medio de aguardientes compartidos, abrió el corazón y me convirtió en confidente.
María Helena puede contar sus historias siempre como si fuera la primera vez, pero cada vez con detalles nuevos. Se repasa la boca cada tanto con un labial rojo, con más frecuencia cuando comparte tertulias con don Jaime. Podría pasar por una mujer dura y de pocas palabras, pero ella es dulce, generosa contertulia y enamoradiza, y también tiene ojos tristes.
En la obra “Hotel Pekín”, el escritor Santiago Gamboa describía a quienes entraban al bar que ambienta su novela así: “(…) luego, en la barra de un bar, niegan ser felices, pues la felicidad es banal y nada nos hace más atractivos que la melancolía”. En Maria Helena, la naturaleza melancólica atrae inevitablemente.
Su sonrisa, como todas las sonrisas de la gente melancólica, es amplia, blanca, brillante y sonora.
Los anfitriones
Tras la barra del café, el encargado de atender la clientela es don Erminson Estrada, un salgareño de pura cepa, quien durante el día se turna la administración del Peñaranda con su hermana Inés. “Acá la gente viene a tomarse un tintico y a despotricar de la pobre humanidad”, me dijo con su voz grumosa y risueña. Soltero, de caminar discontinuo y tío orgulloso de su sobrino Samuel, de 16 años.
Mi muchacho es el mejor estudiante del curso, el más educado con todo el mundo, ese no sabe qué es una fiesta, chicanea.
- Y mientras que sigue preguntando, ¿Quiere que le envenene un tintico niña? pregunta con picardía.
En la barra siempre reposa el diario Qué Hubo del día. Todo el que va entrando lo lee sin falta, levanta la mirada y siempre pregunta al de al lado: ¿Qué le parece pues? Con cara de horror. Don Eduardo toma el crucigrama y Erminson se alcanza a reír a carcajadas leyendo condorito.
Este paisaje rutinario no le es extraño a este hombre de pueblo, quien antes ha administrado bares, cafeterías y hasta pequeños hoteles.
Para él, los bares son una extensión de la vida de algunos hombres y mujeres, que vienen a parar acá para ver pasar las horas, para quemar el tiempo, como en una carrera en contra del tedio o los tedios. Una carrera que a todos nos lleva a lugares diferentes.
El reloj marca las 6 de la tarde y van llegando esos hombres y mujeres, agotados o con sus pesares a cuestas, creyendo poder deshacerse de eso tras su paso por el Peñaranda; otros llegan altivos, seductores, orgullosos, imprudentes, peligrosos, impredecibles, con la ternura a flor de piel, celosos, malvados, tan absortos, tan amables, inocentes, sedientos, hambrientos, tenebrosos, tantos de ellos y ellas, fulgorosas o inertes, también
